Semana del libro (2): Relato corto: Sant Jordi, el dragón y el desfibrilador

Nuestro director técnico, Daniel Jerez, ha escrito dos novelas de misterio (El arcabucero nº 61 y La fórmula Terradas). Su pasión por la escritura le ha llevado a publicar en exclusiva para Cardio Guard este relato sobre Sant Jordi, haciendo un guiño a los desfibriladores. Aquí os dejamos el relato. Esperamos que os guste:

Los derechos de autor son de Daniel Jerez Torns, relato registrado. Para reproducir el relato debe mencionarse la autoría. 

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Jordi llegó al poblado con aire algo chulesco y desafiante. Subido en su montura, se sabía el héroe que salvaría a aquellos pobres infelices. Se acercó a una mujer mayor y desde su caballo, utilizó su tono de voz más grave:

– Mujer, ¿dónde está el rey?

La mujer señaló con el dedo hacia la plaza central del pueblo.

Allí encontró al rey rodeado de todos sus ministros subido en una tarima, mientras daba explicaciones a todos los ciudadanos.

– Acabaremos con él. Lo más importante ahora mismo es recuperar a mi hija.

Jordi sonrió. Esa era su oportunidad. Había oído rumores de que el pueblo estaba atemorizado por la presencia de un dragón. La última desgracia fue la captura de la princesa por parte de éste. Jordi conocía muy bien la simplicidad de las mentes de la gente de pueblo. Supersticiosos y poco cultos, cualquier hecho que no pudieran comprender lo atribuían a cosas sobrenaturales. Y ese sería otro caso más. Seguro que habría una explicación lógica y sensata. Todo el mundo sabía que los dragones no existían.

Carraspeó fuerte y adelantó el caballo.

– ¡Señor rey! Yo salvaré a su hijo y a su pueblo. Acabaré con el tan temible dragón.

La gente estalló en jubilo, dejando paso al caballero. Cantos, abrazos, lágrimas de felicidad. Por fin vivirían tranquilos.

Jordi se plantó delante del rey y con tono autoritario dijo:

– Llevadme ante el dragón.

Una larga comitiva acompañó a Jordi hasta la colina, donde había una cueva oscura y amenazante. El rey se detuvo y señaló al interior.

– Aquí está su morada y aquí retiene a mi hija. Si salva a la princesa, le daré su mano.

Jordi sonrió.

– ¡Dragón! ¡Sal y lucha! – gritó el caballero.

Un largo silencio reinó durante un instante. Jordi iba a gritar de nuevo cuando se oyó un rugido estremecedor que procedía del interior de la cueva.

Fue en aquel instante que Jordi supo que se había equivocado. Tragó saliva como pudo, notando la piel erizarse.

El suelo tembló ante los pasos de algo que se acercaba. La gente estaba asustada pero al mismo tiempo esperanzada.

Y al fin, de la cueva surgió primero una cabeza del tamaño de un elefante, con una mandíbula llena de dientes, unos pequeños cuernos y unos ojos amarillos. Luego, todo el cuerpo, una masa enorme del tamaño de un castillo. Lo último en salir fue una enorme cola acabada en punta.

El dragón miró a aquel ser insignificante que blandía una espada y temblaba como una marioneta.

Alzó la cabeza y lanzó una gran llamarada de fuego al aire. Detrás suyo se hallaba la princesa, atemorizada, esclava del dragón.

El ministro de salud se acercó y señaló al dragón.

– Acaba con él, glorioso caballero.

El dragón, con un movimiento rápido, abrió la boca, cogió al ministro y la cerró.

Al ver aquello, Jordi notó que se le nublaba la vista y su corazón se paró en seco. Cayó redondo al suelo, provocando un gran estruendo al chocar su armadura con el suelo.

– ¿Se ha desmayado?

– Creo que le ha cogido un sincope

– No tiene pulso, le ha cogido un patatús – dijo uno que se había acercado.

El dragón atónito a todo lo que sucedía, mantenía al ministro en la boca que luchaba por no ser tragado.

– Rápido, id a buscar el desfibrilador que hay en el castillo, quitarle la armadura y que alguien empiece a hacer la RCP.

Rápidamente, el herrero subió al caballo de Jordi y salió en busca del desfibrilador.

– Señor, tenemos un problema – dijo el ministro de economía- Solo hay una persona que hizo el curso de RCP y sabe como va todo.

– Bien, pues que la traigan.

– Es que… está en la boca del dragón. Es el ministro de salud.

– ¿Y por qué solo tenemos una persona formada?

– Bueno, usted dijo que no nos gastásemos mucho, que con uno era necesario.

– Ya

– Unos nos ofrecieron formar hasta 16 personas pero usted dijo que no, que los más baratos.

– Ya

Todos alzaron la vista hacia el dragón.

– Yo diría que no lo ha tragado todavía.

– Cierto, se oye a alguien gritar.

El rey se acercó al dragón para hablar con él.

– Oye, mira, lo primero que te voy a pedir es que dejes a mi hija libre y lo segundo es que escupas al ministro pues lo necesitamos para ayudar al caballero.

El dragón notó como una mano acariciaba su costado. Era la princesa, que le miraba dulcemente.

– Por favor – la voz caramelizada de ella acabó por convencerle.

Con un fuerte escupitajo, dejó libre al ministro, que estaba todo lleno de babas.

– Rápido, haz la RCP al caballero.

– ¡Pero necesito una ducha!

– Luego, no hay tiempo.

– Y apesto a coles podridas. Que asco.

Justo en aquel instante llegó el herrero con el desfibrilador.

El ministro empezó a hacer la RCP con gran maestría, mientras colocaban el desfibrilador al lado. Pegaron los electrodos y al encenderlo… El equipo no funcionaba.

– ¿Qué pasa ahora?

– No funciona

– ¿Por qué? – dijo sofocado el ministro que seguía haciendo la RCP

– Dice que no hay batería.

– ¿Qué? ¿Cómo puede ser?

– Bueno, el ministro de economía nos dijo que no era necesario pagar para el mantenimiento, que ya se encargaría él.

Todos miraron al ministro de economía que se sonrojó.

– Perdón. Es que claro, tengo tantas cosas en la cabeza que se me olvidó.

– ¿Y ahora que hacemos?

– Tengo una idea – dijo la princesa- Esto necesita energía para que funcione, ¿no?

– Así es.

– Rápido que me estoy cansando y huelo fatal – dijo el ministro de salud que seguía hundiendo el pecho de Jordi.

La princesa quitó la batería del desfibrildor, cogió la cola del dragón e introdujo la punta en el interior.

– Dragón, ahora suelta fuego.

El dragón así lo hizo y una descarga eléctrica recorrió su cuerpo que de rebote hizo activa el desfibrilador.

– ¡Funciona!

“Descarga recomendada. No toque al paciente”, dijo la voz robótica del desfibrilador.

Y así fue como el equipo realizó una descarga, provocando una pequeña convulsión en el caballero.

– ¡Tiene pulso!

Todos los presentes aplaudieron. El caballero abrió los ojos poco a poco.

– ¿Dónde estoy? ¿Qué ha pasado?

– Bueno, resumido podríamos decir que vino a matar al dragón y el dragón le ha salvado – dijo el rey.

– Sí claro, eso porque su majestad no quiso gastarse más dinero en un buen servicio – dijo el ministro de salud.

– No se queje o estaría usted en la barriga del dragón. Esta bien, esta bien. Buscaremos una empresa que nos forme a mucha gente y que nos haga el mantenimiento del equipo y pondremos más desfibriladores.

Jordi vio entonces a la princesa, una hermosura blanca, cristalina.

– Gracias por salvarme la vida.

– No hay de que. Agradézcaselo también al dragón.

El rey se acercó al caballero y le puso el brazo sobre el hombro.

– Bueno, ya que ha vuelto usted de entre los muertos, le llamaremos Sant Jordi – el rey acercó la boca al oído para decirle algo en voz baja- Anda, tome esta rosa y se la da a mi hija, a ver si hace algo de provecho.

La princesa, viendo lo que se le venía encima, empezó a maquinar un plan. No podía aceptar aquella rosa y comprometerse con aquel patán. Se acercó rauda al dragón, le susurro algo y se subió al lomo.

– ¿Qué haces hija?

– Lo siento papa, me voy con el dragón. No me busques, estaré bien.

El dragón abrió las alas y emprendió el vuelo, llevándose a la princesa. Sant Jordi miró atónito al cielo, a aquel puntito que se alejaba, con la rosa en la mano.

– ¿Y ahora qué? –dijo

– Tengo otra hija mayor. Diremos que mató al dragón, que de su sangre brotó una rosa, que se la dio y que ella como agradecimiento le regaló… ¿qué le puede regalar?… Ah sí, esa manía suya de leer libros. Un libro.

– ¿Un libro? ¿Qué hago yo con eso?

– No lo sé ni me importa. ¿Quiere usted ser una leyenda o no?

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